28 nov. 2010

BARBARITA HOY YA ES TODA UNA SEÑORITA

La nena tucumana que se hizo famosa en el mundo, hoy es toda una señorita de 17 años. Vive con su familia en el Barrio ATE. No lo sé. No lo pude averiguar. No logro establecer si fue el hambre o su naturaleza sencilla la que hizo y hace que le cueste aprender casi todo lo que las maestras le enseñan. Ella va salteado al colegio y no entiende mucho lo que le dicen los profesores. Prefiere limpiar su casa, eso lo hace bien. O atender el mínimo almacén familiar. Ella tiene los ojos profundos e inocentes. Es bajita para sus 17 años y es dulce como una niña de 12, de esas que no conocen más que la esquina del barrio, el tapial descascarado de su casa y la ilusión de un beso romántico cuando sea "bien" grande. Y no lo sé. Quizá Bárbara Flores no pueda darle batalla a lo intelectual como se la dio al hambre hace nueve años. Tal vez ella no alcance a aprender los números y las capitales del mundo, menos aún a diferenciar banderas, porque probablemente aquella desnutrición que padeció cuando tenía ocho años haya dejado sus secuelas en el cuerpo y en la mente. Y repite de grado todos los años y su discurso es sencillo, coherente pero monotemático y todavía tiene que soportar las burlas de los vecinos que le gritan: "Muerta de hambre", "sucia" y que a ella tanto la avergüenza, a tal punto que vive una existencia extremadamente solitaria y familiar.
Barbarita, sentada en su patio, cuenta todo esto con la misma mueca risueña dibujada en su cara en este mediodía bochornoso y húmedo, y yo no sé si es porque la desnutrición la doblegó y su cabeza no es igual a la de las otras chicas de 17 años, o es mi fantasía morbosa la que gana en este juego de mancha venenosa.
"Lo único que quiero es un pedazo de pan", dijo hace nueve años frente a las cámaras de TV y comenzó a llorar con pucheros tan lastimeros que a todos se nos atragantó la imagen. La cara de Barbarita Flores ocupaba toda la pantalla de la televisión ese aciago día de 2001 y el periodista Jorge Lanata presentaba brutalmente, a su brillante manera, a esa nena como la cara vergonzosa de una argentina que boqueaba.
Era Tucumán y era la desnutrición. Era una nena de las afueras de esa castigada ciudad y eran las lágrimas del hambre: Barbarita pedía un pedazo de pan porque hacía días que comía mal o no comía y estaba desnutrida. Su hermana mayor, Ruth, ese día se había desmayado de hambre en la escuela. Y la hermana que le sigue, Andrea, estaba peor, debido a que es celíaca.
La historia de hoy es una de las más miserables de la Patria. Hasta escribirla duele. Ver a Barbarita Flores crecida, con el único deseo de tener un cuarto para ella, con la fantasía de que en su vida Jehová proveerá todo, como lo proveyeron Lanata, algunas almas solidarias que sin duda la salvaron de la muerte o de la idiotez, pero la arrojaron al escarnio, es ver un país dentro de otro país que "baila por un sueño" y muere por inanición.
Porque los Flores, cuentan, sufrieron y sufren lo que provoca la corrupción, la desidia y el maltrato. Cuando los camiones con comida empezaron a llegar a la puerta de su casa tucumana, recuerdan, los vecinos los envidiaron. Y los envidiaron los maestros de la escuela, donde también los camiones descargaban viandas para todos los alumnos, pero "especiales" para Barbarita y sus siete hermanos, aunque la ayuda a ellos, los que no aparecieron por la TV, les llegó con cuentagotas: los pobres odian a los pobres menos pobres y los políticos, entonces, aprovecharon la lucha sorda y miserable para quedarse con el botín. Y el botín era la comida que llegaba de Buenos Aires, que mandaba Susana Balmaceda, las chapas, los colchones, las cajas de leche.
Y Barbarita iba al colegio, pero no le daban nada, "porque vos ya tenés en tu casa, chinita de mierda", dice que le decían, o "sucia" o "andá, negrita, andá a decí a la tele que comé polenta con palta, sucia" y otros calificativos que ella no dice porque los testigos de Jehová no dicen palabrotas, explica.
Así la trataban.
-¿Y por qué, Barbarita?
-Y, porque Lanata me llevó a Buenos Aires, me regaló un oso, nos dio plata para que nos hagamos la pieza. Porque acá como usté lo ve dormíamos los 10 en dos camas y por lo meno ahora tenemo dos piezas.
Samuel y Carmen Flores, también testigos de Jehová, llegan en una moto cargados de mercaderías para el almacén mientras estamos hablando con Barbarita, y de los tapiales de al lado las vecinas, muchas de ellas adolescentes embarazadas, miran con mezquindad, rencor y bronca el paraguas del fotógrafo que dispara el flash.
"Yo no tuve trabajo desde 2001 hasta 2003, hasta que me dieron laburo como mozo en la Casa de Gobierno. Y Carmen hace poco que tiene el almacén", dice Samuel, mientras señala un diminuto cuarto a la calle, donde hay mercadería de cuarta categoría y una cama. "Nosotros dormimos ahí porque nos robaron", aclara.
-Barbarita, la ayuda te llegó, ¿no?
-Al principio sí me dieron un subsidio, pero se lo han quedado, nunca lo reclamamos. En la escuela ello tenían orden de darme a mí y a mis hermanos una vianda, pero un día no la dieron nunca más. Eso me hacía llorar. Eso y los insultos.
Especialmente los adjetivos que le gritaba un chico, antes amigo, que vivía cerca y que estaba en silla de ruedas. Le decía que ella tenía "coronita" y que comía todos los días, mientras que él... a él no le daban nada. Lo peor vino cuando los Flores, siempre con ayuda del prójimo y con la cara de Barbarita en la TV, consiguieron dinero para construir cocina y dos cuartos: directamente los dejaron de lado, nadie les hablaba, los miraban con odio, les gritaban "putas" a las chicas y hasta querían pegarles, cuentan. Entonces casi todos dejaron de ir a la escuela sólo para no ser víctimas de otras víctimas.
-¿Y vos qué hacías, Barbarita?
-Yo lloraba. Y veía cómo el director de la escuela sacaba con camiones la ayuda que era para todos y no podíamos hacer nada. La vendieron toda. Para nosotros la salvación fue cuando nos regalaron una televisión. Por lo menos nos quedábamos encerrados en casa pero mirando algo, porque no salíamos a la calle, si todos nos decían cosas.
El pedazo de pan que reclamó Barbarita en esos días de dolor y muerte le trajo tantas penurias que su vista se nubla. Y se vuelve distante cuando se le pregunta por la escuela, siempre sentadas en el patio del barrio ATE, no muy lejos del centro. "Vamos. Nosotras vamos a la escuela, pero nos mandan de vuelta porque no hay agua, porque los profesores no van o porque me siguen diciendo «polenta con palta»."
Samuel y Carmen sirven un refresco que no logra paliar el tremendo calor del mediodía tucumano, y Barbarita se va a la cocina precaria a ver la carne que está cocinando. De vez en cuando suena el timbre del almacén, pero todos saben que lo que quieren los vecinos es ver si somos o no periodistas. "¿Ve? De seguro mañana ni nos saludan más, pero no importa. Yo sigo soñando con tener mi pieza, una puerta, cositas para guardar."
Samuel, un hombre que predica la Biblia y habla con una enorme fluidez, cuenta que no cobra ningún subsidio del Estado, excepto el que le dan por ser padre de más de siete hijos y que vive con un sueldo de 1200 pesos. "A las chicas les compro zapatillas cuando veo que se les salen los dedos, antes tenemos otras prioridades", dice.
-¿Le gustaría que Barbarita estudiara?
-Y... no. La universidad echa a perder a la gente por las malas compañías; yo me conformo con que tenga un oficio.
Ya estamos por irnos y la familia está contenta con la visita. Nos muestran el interior de la casa, el aire acondicionado que compraron y un televisor color. Los miro extrañada y Carmen aclara: "Es fácil y nos sale barato. Pasa un señor y nos cobra 20 o 25 pesos por día durante 290 días. Es la nueva forma de comprar y a nosotros nos conviene". Nos vamos con un gusto a estafa en la boca. Sacar la cuenta es sacar el resultado del abuso de algunos mercaderes que anotan, en una libreta de almacenero, las cuotas, sin recibo, sin nada. Ya en el auto saludamos con la mano y Andrea viene corriendo y me regala un ramo de flores de plástico. Estoy segura de que adornaba un lugar especial de la casa.
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