6 dic. 2015

El final de un liderazgo implacable con vocación hegemónica

Esta semana termina uno de los períodos de dominio político más largos de la historia, marcado por la obsesión del poder
La historia la cuenta en su libro El Flaco José Pablo Feinmann, prolífico intelectual K. Era 2005 y Néstor Kirchner tenía en mente copar la poderosa estructura del PJ bonaerense. El filósofo se resistía a esa idea.
Vas a tener que hacer política de aparato. Política vieja, mafiosa, con personajes detestables. Habíamos hablado de otro tipo de política y de proyecto.
Para llegar a otro tipo de política y de proyecto tengo que liquidar a Duhalde. Para hacerlo tengo que prestarle batalla en su terreno y con sus métodos. Y hasta peores.
Este diálogo en la antesala de la primera gran batalla de época no sólo exhibe en carne viva el pragmatismo de acero del patagónico para construir poder, sino que marca un hito en la línea de tiempo de doce años de kirchnerismo. Después de llegar a la presidencia con el 22% de los votos, enarbolando el discurso de la transversalidad progresista y estar condicionado a la búsqueda de consenso para gobernar, la conquista del peronismo histórico podía garantizarle el camino a concentrar toda la botonera de la política y el Estado.
Desde entonces, antes Néstor y luego Cristina ejercieron un liderazgo implacable y hegemónico, respaldado por una avalancha de votos. El 45%, en 2007. El 54%, en 2011. Cada uno adoptó su estilo, se rodeó de su propio elenco y tejió alianzas distintas, pero un rasgo común los definió: el verticalismo absoluto, el diálogo radial con sus ministros -jamás hicieron reuniones de gabinete-, el manejo hermético de la información y la capacidad de fijar la agenda con iniciativas audaces y polémicas que tuvieron muchas veces aceptación de amplios sectores de la sociedad.
Los dos trazaron un "enemigo" a vencer, que fue mutando: el campo, los medios, la Justicia. La lógica de acumulación tuvo la confrontación como motor indispensable. Una regla sobre esa dinámica la suele explicar un dirigente de La Cámpora: "Los años no electorales son para profundizar la contradicción ideológica". Un precepto similar, a la defensiva, citan en el riñón de Daniel Scioli, el vicepresidente vapuleado, el gobernador condicionado y candidato presidencial no querido. "Sabíamos que en los años pares entrábamos en guerra, nos mataban. En los impares [cuando hay que ir a las urnas] había cierta paz", describe un funcionario bonaerense.
La relación con el PJ fue de conveniencias mutuas. Ninguno se mostró apegado a esa liturgia, con la que Néstor se llevó mejor que Cristina. Echaron mano al partido en emergencias. Se refugiaron allí en 2008, cuando el conflicto con el agro casi los deja fuera de la Casa Rosada, y luego de que el "no positivo" de Julio Cobos hiciera trizas la segunda versión transversal, denominada Concertación Plural, un experimento trunco con radicales y socialistas.
Herramienta electoral
La Presidenta jamás pretendió ser la jefa formal del sello, como Kirchner, pero mantuvo controlado el partido como herramienta electoral. Tampoco se dedicó a atender a dirigentes en una práctica incansable que solía hacer su esposo. "No me hablen de la unidad del peronismo", lanzó, aburrida del tema, en las últimas reuniones con legisladores en Olivos.
La política de premios y castigos fue un clásico. Lo saben los gobernadores y lo revela el reparto de fondos. Entre 2003 y 2013, las provincias que más recibieron transferencias no automáticas (distribuidas de manera discrecional) fueron Buenos Aires, Santa Cruz -la cuna kirchnerista-, La Rioja, Jujuy y Chaco, todas peronistas y alineadas, según un informe del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf). En el otro extremo, están las menos dóciles u opositoras San Luis, Salta, Catamarca, Corrientes y Santa Fe.
Al PJ esta relación aceptada de vasallaje le dio sus frutos. Fueron sumando provincias hasta lograr, en 2011, su pico: 16 gobernaciones peronistas y cuatro aliadas. Sólo cuatro tuvieron color opositor.
En clave católica, se podría dividir la era en "antes de Néstor" y "después de Néstor". En 2010 la muerte de Kirchner sorprendió al país y sacudió el tablero. Nació el mito del "Nestornauta" y apareció con fuerza la juventud kirchnerista, protagonista del tercer mandato. Cristina se refugió especialmente en su hijo Máximo y La Cámpora, a la que engordó con cargos y escaños. El secretario legal y técnico, Carlos Zannini, quedó como único miembro extrafamiliar de la mesa chica. Al poco tiempo ella rompió la alianza estratégica con Hugo Moyano, el sindicalista que el matrimonio ayudó a convertir en todopoderoso.
Ejecutaron, por necesidad, distintos temas. Renovación de la Corte, derechos humanos, reestructuración de deuda y rechazo al ALCA fueron parte del primer período. El segundo y el tercero fueron más a fondo, con pulseadas descarnadas y controvertidas: intervención del Indec, suba de retenciones a la soja, estatizaciones (AFJP e YPF), ley de medios y disputa con el Grupo Clarín, paquete de reforma judicial.
Hubo también otros modos de liderazgo. "Néstor te pegaba con el látigo y te daba un terroncito de azúcar. Cristina es látigo y látigo", ilustra un diputado. El Congreso funcionó al ritmo de la Casa Rosada, con proyectos aprobados casi siempre sin cambios. Sólo en 2009, después de la derrota legislativa, el Frente para la Victoria quedó en minoría y pudo superar el traspié por las divergencias opositoras.
El kirchnerismo, envuelto en un clima de épica, resucitó una y otra vez al grito del "vamos por todo". Hasta ahora, cuando el reloj del fin de ciclo lo condena al llano y al desafío de sobrevivir fuera del poder.
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